• Elecciones 2015: "¿Continuidad o cambio?"

    ¿Qué significa “el cambio” para Los Verdes?

     

    En el actual proceso eleccionario, como en toda coyuntura política, la sociedad se enfrenta a algunas disyuntivas cruciales. Interpretar cuáles son las que representan las opciones más determinantes de cara al futuro es una responsabilidad de quienes procuramos tener incidencia en los asuntos políticos y un rol orientador dentro del debate público.

    Desde una perspectiva ecologista debemos identificar aquellas alternativas capaces de abrir el juego a otras voces y a nuevas discusiones; y en las cuales la cuestión ambiental y el desarrollo sostenible tengan mayores posibilidades de incluirse en una agenda de gobierno concreta.

    Desde la profunda crisis económica, política e institucional de 2001/2002 el país emergió con la necesidad de reconstruir las relaciones entre la política y la sociedad, del Estado y el mercado, y la democracia y la deuda social.

    En una de sus múltiples variantes, el Partido Justicialista (PJ), fue el que finalmente se hizo cargo de encauzar la economía y recomponer la ruptura de la sociedad con las instituciones. Con sus claroscuros, la presidencia provisional de Eduardo Duhalde logró encaminar una salida electoral en el año 2003. De ella surgió una nueva variante del mismo PJ encabezada por Néstor Kirchner. De manera inmediata, esta nueva gestión optó por reconstruir el vínculo de la política con la sociedad mediante un estilo de populismo un poco más sofisticado del que ya había ensayado fugazmente el breve gobierno de Adolfo Rodríguez Saá.

    A partir de 2003, el kirchnerismo comenzó a sintonizar con los sistemas populistas latinoamericanos que han sido tendencia en la región en los últimos años, inventándose para sí una ideología, un pasado y un relato caprichoso de la historia y del propio presente. Ese proceso fue paulatino, pero en constante profundización.

    El “modelo” nacional diseñado por Néstor y Cristina Kirchner no difiere sustancialmente del santacruceño original. La particularidad de esta nueva etapa es que adoptó un discurso de reivindicación de la “política” y abrazó causas que antes no atendía. Una cobertura ideológica progresista les permitió instalar cómodamente un modo de desarrollo económico anacrónico, ocultar numerosas denuncias de corrupción y disimular la falta de inclusión política y social.

    Durante éste período se destaca la degradación de la política llevada a un terreno de antagonismos, cinismos y divisiones sociales como nunca antes habíamos vivido desde el retorno a la democracia en 1983. Al mismo tiempo, se ha reivindicado una concepción devaluada de la propia democracia, subestimando las cualidades de la sociedad y construyendo poder desde un culto a la personalidad por sobre las instituciones y la República.

    Otro rasgo característico de estos doce años es la consolidación de una concepción del desarrollo social, económico y tecnológico anacrónico, pensado y ejecutando políticas propias del siglo pasado, haciendo una lectura de las relaciones internacionales anclada en un mundo que ya no existe, sin evidenciar registro de la agenda contemporánea y de la urgente necesidad de atender la crisis ambiental global y local.

    Salir de esta situación resulta necesario si queremos construir una sociedad sostenible, democrática, participativa y solidaria. Las razones son muchas, pero podemos sintetizarlas en tres:

    La política del antagonismo

    La forma que adoptó el ejercicio del poder durante estos doce años se basó en la vieja metodología del antagonismo y de la búsqueda de un enemigo, ya sea interno o externo. Ese modo de simplificar las contradicciones y los conflictos sociales y políticos, lejos de resolverlos o administrarlos, los exacerba. Mediante la creación de epopeyas y logros “históricos” de sucesos ordinarios se ha buscado dominar el debate y ocultar las estrategias del poder.

    De esta forma, se intenta pasar por alto buena parte de la agenda social para focalizar en una discusión monotemática, que procura dividir el campo de las ideas en una dicotomía insalvable. Nada más alejado de lo que se necesita para comprender un mundo cada vez más complejo, con desafíos diversos y prioridades que se superponen en la agenda pública.

    Hemos asistido así a la manipulación de las necesidades populares y de reivindicaciones históricas legítimas de muchos sectores de la sociedad. Aún con avances ciertos en los juicios a los responsables del terrorismo de Estado, la política de Derechos Humanos se sostuvo con una mirada limitada, desentendida de las violaciones a estos derechos en el presente, tanto a nivel local como internacional.

    Una política verde necesita de consensos, de tolerancia, del ejercicio del poder que se distribuya generosamente en la sociedad, que potencie la energía y la creatividad social, donde los valores no sean los líderes convertidos en íconos. Una política verde no puede ser acrítica de la violencia del pasado argentino y tampoco puede desentenderse de los abusos y omisiones del poder en el presente. Como miembros del movimiento ecologista, reivindicamos el principio de la no violencia como único instrumento válido para el cambio.

    Continuar por este camino o comprometerse con un cambio hacia otra cultura política alejada de la violencia verbal y de rasgos de autoritarismo es una decisión mayúscula para la política argentina.

    Una Democracia Devaluada y de Baja Intensidad

    Un ejercicio de la política que construye poder a partir de la confrontación permanente necesita de una democracia devaluada y de muy pobre institucionalidad para prevalecer. El constante ataque a las instituciones de la República es parte necesaria de ese centralismo personalizado en el ejecutivo. Así hemos asistido a una constante degradación del debate parlamentario y de intentos permanentes por tener una justicia domesticada y una prensa alineada al poder central.

    También es muy poco lo hecho para armonizar la relación de las distintas jurisdicciones, nacional, provincial y municipal. Se ha incrementado el rol de un poder central hegemónico que destruye las autonomías y la soberanía de las provincias y gobiernos locales. Este disciplinamiento se ha consolidado en estos últimos años en base a alineamientos políticos y necesidades económicas, lo que ha ido en detrimento de la incipiente descentralización iniciada luego de la reforma constitucional.

    Esta concepción devaluada de la democracia nos otorga a todos los ciudadanos un rol menor en la vida pública. Sin llegar a los extremos de los modelos populistas del pasado, la virulencia en el ataque a adversarios, los “juicios populares” y demás actos simbólicos de persecución van denotando un camino cuesta abajo, demasiado peligroso para ser ignorado por más tiempo. Quienes defendemos la democracia y una sociedad abierta, debemos advertirlo con contundencia.

    Al contrario, la política verde necesita para su desarrollo pleno de una democracia de alta intensidad, que potencie los procesos de descentralización, que armonice institucionalmente las diferencias y promueva el diálogo y la negociación de las tensiones. La vía para dirimir diferencias no es ni la coerción económica ni los “escraches” públicos, y tampoco la estigmatización de los adversarios. Es necesaria la independencia de los poderes del Estado el ejercicio de la función pública como un servicio a la sociedad y no como construcción de proyectos de dominación de la escena política.

    Continuar degradando la democracia tendrá graves perjuicios y nos alejará cada vez más de las precondiciones de una sociedad que debe encarar colectivamente una de sus revoluciones más trascendentes de la historia, la revolución de la sostenibilidad.

    Desarrollo anacrónico y alejado de la Sostenibilidad

    El actual debate global sobre la sostenibilidad, el cuestionamiento de la vigencia de los modelos económicos hasta ahora considerados exitosos y el ingreso hacia una economía verde son algunas de las disyuntivas contemporáneas más importantes.

    Estamos en un período histórico en el que, si bien sabemos lo que debemos cambiar, no contamos aún con los instrumentos políticos idóneos para acelerar el cambio necesario. Tal vez sea la amenaza del cambio climático una de las más grandes urgencias que enfrenta la política, la economía y el desarrollo social.

    Ante la magnitud de lo que enfrentamos y el camino que debemos transitar en las décadas venideras, es crucial alentar la diversidad de opiniones, la experimentación social, la búsqueda de innovación, la exploración de nuevas tecnologías y un posicionamiento claro y de liderazgo en las discusiones vigentes dentro de la comunidad internacional.

    Por el contrario, en estos años hemos sido testigos de una lucha denodada contra la realidad y el mundo, interpretando el contexto global en clave de lo que era hace más de cincuenta años. La falta de reconocimiento de la gravedad de la situación ambiental y del desarrollo, la negación de la urgencia del cambio climático y el colapso de los ecosistemas y el distanciamiento ideológico con las expresiones ambientales, han colocado al gobierno nacional en una senda refractaria con la agenda verde local y global.

    Así, las decisiones que se adoptan en materia de desarrollo tecnológico desatienden las advertencias ambientales y la mesura. Su menú tecnológico atrasa décadas ya que, en su marco ideológico, no existen razones para modificarlo. La permanente sospecha de que toda la agenda verde es una conspiración internacional para demorar el desarrollo de países como Argentina ha llevado a soslayar, por ejemplo, las negociaciones globales en materia climática.

    Es así que entendemos que no existen chances para que puedan generarse instancias que aceleren la transición necesaria si se profundiza la pérdida de calidad de la política y la democracia y si persistimos en un gobierno sin ninguna afinidad con la agenda verde.

    La disyuntiva de la continuidad o el cambio es crucial en estas elecciones.

    Para Los Verdes, la alternativa necesaria es apostar por un proceso de reconstrucción republicano, que oxigene a las instituciones democráticas y habilite la conversación sobre los modelos de desarrollo posibles. No es sencillo ni significa que la experiencia será todo lo exitosa que deseamos. Pero no podemos dejar de señalar los riesgos de persistir en una “continuidad” que nos conduce a agravar cada vez más la crisis social, institucional y ambiental. Necesitamos que este año retomemos un camino republicano que nos permita conservar alguna chance de acelerar una transición hacia una sociedad sostenible.

    Ni la continuidad del modelo vigente ni la pasividad política son una opción frente a la urgencia de los cambios que necesitan producirse.

     

    Los Verdes

    Agosto 2015.

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